Chapter 9 - La muestra que ya no estaba

La policía cerró la planta de maternidad en menos de diez minutos.
Nadie entraba.
Nadie salía.
Michael permanecía junto a la cuna transparente de su hija mientras Emily hablaba con una administradora del hospital.
La niña dormía ajena al caos.
Aún no tenía nombre.
Emily se había negado a decidirlo mientras alrededor de ella aparecían muertos que seguían haciendo llamadas, madres que fingían funerales y documentos capaces de cambiar su vida cada pocas horas.
—La muestra fue recogida a las 3:17 —explicó la administradora—. El sistema indica que debía trasladarse al laboratorio genético.
—¿Llegó?
—No.
Michael sintió un vacío.
—Entonces alguien la tiene.
Helen estaba sentada bajo vigilancia federal.
Evelyn había sido trasladada a otra habitación después de negarse a colaborar.
Sophia seguía detenida.
Todos tenían una versión.
Ninguna coincidía por completo con las otras.
Emily miró a Helen.
—¿Quién era Adrian Vale?
Helen sostuvo su mirada.
—Un genetista.
—Eso ya lo imaginaba.
—Trabajó para Reed Biomedical.
Michael frunció el ceño.
Era una de las antiguas empresas de Robert, vendida años antes de su muerte.
Helen continuó.
—Vale supervisaba pacientes del programa original. Cuando comenzaron a aparecer anomalías, quería informar a las autoridades.
—¿Y qué hiciste?
Helen bajó los ojos.
—Ayudé a desacreditarlo.
Michael sintió asco.
—¿Por dinero?
—Al principio.
—¿Y después?
—Por miedo.
Helen explicó que el proyecto había comenzado como un ensayo para una enfermedad metabólica hereditaria. Robert había sido uno de los pacientes jóvenes seleccionados.
El tratamiento produjo resultados inesperados.
Cambios que podían detectarse décadas después.
Y transmitirse.
—Eso es lo que Michael heredó —dijo Emily.
Helen asintió.
—Una firma genética que nunca debió existir.
—¿Y nuestra hija?
—Demuestra que no fue una anomalía aislada.
Michael entendió lentamente.
—Demuestra transmisión entre generaciones.
—Sí.
Por eso la niña no era valiosa por estar enferma.
Era valiosa porque estaba sana.
Su existencia demostraba que una intervención no autorizada había alterado una línea genética humana sin que nadie lo supiera.
Miles de millones en patentes dependían de que aquello jamás pudiera probarse.
Emily sintió náuseas.
—¿Y Evelyn qué tiene que ver?
Helen soltó una risa amarga.
—Evelyn escribió la historia donde ella era la mujer que intentaba revelar la verdad.
—¿No lo era?
Helen la miró.
—Pregúntate quién conservó los expedientes durante treinta años.
Michael recordó el video.
Evelyn había diseñado el mecanismo de liberación.
Había construido el fideicomiso.
Había unido sus vidas.
—Dices que ella participó.
—Digo que sin Evelyn no habría existido ningún programa.
La puerta se abrió.
Un agente entró sosteniendo una bolsa transparente.
Dentro había una bata blanca.
—Encontramos esto en una escalera de servicio.
En el bolsillo apareció una identificación del hospital.
Dr. Adrian Vale.
La fotografía mostraba a un hombre de unos sesenta años.
Emily miró la imagen.
Después miró a Helen.
La reacción de Helen fue inmediata.
—Ese no es Adrian.
Michael tomó la tarjeta.
—Entonces ¿quién es?
Helen se levantó.
—No lo sé.
Mason, que había permanecido con un agente junto a la ventana, se acercó.
—Yo sí.
Michael se volvió bruscamente.
—¿Qué?
Mason señaló la fotografía.
—Ese señor estuvo en nuestra casa.
Emily dejó de respirar.
—¿Cuándo?
—El día antes de que mamá cayera.
Michael se arrodilló frente a él.
—¿Qué estaba haciendo?
—Mirando la cámara.
—¿La cámara de la escalera?
Mason asintió.
—Pensé que estaba arreglándola.
—¿Hablaste con él?
—No.
El niño dudó.
—Pero él habló con alguien.
Michael sintió un escalofrío.
—¿Qué dijo?
Mason cerró los ojos tratando de recordar.
—Dijo: “Mañana sabremos si Evelyn todavía controla a sus hijos”.
Helen palideció.
Michael levantó lentamente la identificación falsa.
En la parte posterior había un código escrito a mano.
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Emily lo reconoció.
Era el mismo código que aparecía al pie de la carta que Margaret había dejado en el depósito.