Chapter 8 - La voz en la oscuridad

Durante tres segundos, nadie se movió.
La oscuridad del pasillo parecía haber borrado las paredes.
Emily apretó a su hija contra el pecho mientras Michael buscaba a tientas el botón de emergencia.
—No la escuches, Michael —repitió Helen desde algún punto detrás de la puerta.
Evelyn no respondió.
Eso fue lo que más asustó a Michael.
La mujer que había fingido su muerte, diseñado un fideicomiso durante años y aparecido en su casa como si controlara cada movimiento de la familia ya no sonreía.
—Helen —dijo finalmente—. Siempre llegas cuando ya es demasiado tarde.
Una luz roja de emergencia se encendió.
Helen estaba al final del pasillo.
Había envejecido más de lo que Michael esperaba. El lunar bajo el ojo seguía allí, pero ahora su rostro parecía agotado.
Dos hombres estaban detrás de ella.
No llevaban uniforme.
Helen levantó lentamente las manos.
—No vine por el bebé.
Evelyn soltó una risa seca.
—Claro que sí.
Emily retrocedió sobre la cama.
—Las dos se mantienen lejos de mi hija.
Helen miró el dispositivo que Evelyn sostenía.
—Pregúntale qué necesita realmente.
Michael giró.
—¿Qué necesitas?
Evelyn guardó el aparato en el bolsillo.
—Nada que pueda explicarse en este pasillo.
—Inténtalo.
Helen dio un paso.
—Necesita una muestra genética de la niña.
Emily sintió un golpe de miedo.
—¿Para qué?
—Para abrir un archivo que Evelyn no puede abrir sola.
Evelyn se volvió hacia Helen.
—Cállate.
Era la primera vez que Michael la escuchaba perder el control.
Helen sonrió sin alegría.
—Eso que llamas estudio neuronal prenatal es una mentira conveniente. Emily sí fue monitorizada sin saberlo durante parte del embarazo, pero el verdadero experimento comenzó décadas antes.
Michael recordó el expediente de la mutación.
—Con mi padre.
Helen lo miró directamente.
—Con Robert.
Evelyn dio un paso hacia ella.
Los dos hombres detrás de Helen avanzaron al mismo tiempo.
—No lo hagas —dijo uno.
Michael reconoció entonces la placa discreta que uno llevaba en el cinturón.
Investigadores federales.
Evelyn también la vio.
Y retrocedió.
Helen continuó:
—Los archivos publicados esta noche no son todo. Existe un segundo archivo. Evelyn lo llamó Archivo Cero.
—¿Qué contiene?
Helen tardó en contestar.
—La parte que demuestra quién inició realmente los ensayos.
Evelyn soltó una carcajada.
—¿Y ahora vas a convertirte en la buena de la historia?
Helen palideció.
—No.
Miró a Michael.
—Yo también estoy en esos archivos.
Aquella confesión silenció a todos.
Helen no estaba pidiendo perdón.
Estaba admitiendo culpabilidad.
—Financié una parte del programa —continuó—. Falsifiqué documentos. Ayudé a ocultar pacientes. Y sí, intenté impedir que ese bebé activara los archivos.
Michael sintió que la ira volvía.
—Manipulaste a Sophia.
—La engañé. Le mostré resultados falsos para separarlos.
Sophia, que seguía escoltada junto a la puerta, empezó a llorar.
—Me dijiste que Emily había engañado a Michael.
Helen la miró.
—Sí.
—Me dijiste que el bebé destruiría nuestra familia.
—Sí.
Sophia cerró los puños.
—Pero nunca me dijiste que la empujara.
Helen negó.
—Porque jamás te pedí eso.
Sophia levantó la cabeza lentamente.
Algo cambió en su expresión.
—Es verdad.
Michael la observó.
—¿Qué?
—La persona que me dijo que tenía que ocurrir ese día… no fue Helen.
Evelyn se quedó completamente inmóvil.
Emily lo vio.
—Sophia, ¿quién fue?
La mujer tembló.
—Nunca vi su rostro.
—Pero hablaste con esa persona.
—Sí.
—¿Hombre o mujer?
Sophia respiró.
—Mujer.
Evelyn relajó ligeramente los hombros.
Entonces Sophia añadió:
—Pero conozco esa voz ahora.
Emily sintió que el corazón se aceleraba.
—¿Quién era?
Sophia la miró.
—Tu madre.
—¿Margaret?
Sophia asintió.
Emily perdió el color.
Antes de que pudiera hablar, una enfermera apareció corriendo desde maternidad.
—Señora Reed.
Su rostro mostraba verdadero pánico.
Emily abrazó más fuerte a la recién nacida.
—¿Qué ocurre?
—Acabamos de revisar el registro del parto.
La enfermera miró a Evelyn.
Después a Helen.
—Alguien pidió una segunda muestra de sangre del cordón umbilical después del nacimiento.
Michael sintió que se le helaba la espalda.
—¿Quién?
La enfermera le mostró la pantalla.
Autorización médica:
Dr. Adrian Vale.
Helen retrocedió como si alguien la hubiera golpeado.
—Eso es imposible.
—¿Lo conoces? —preguntó Michael.
Helen no contestó inmediatamente.
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Cuando lo hizo, su voz apenas fue un susurro.
—Adrian Vale murió hace cuatro años.