Chapter 3 - El dinero de una mujer muerta

Emily sostuvo el documento durante varios segundos.
—Esto no es mío.
Michael tomó la hoja.
El banco era real.
La cantidad también parecía real.
4.280.000 dólares.
—¿Alguien abrió una cuenta a tu nombre?
Emily negó.
—Nunca he tenido tanto dinero.
Michael revisó la página.
La cuenta había sido creada siete años antes.
Dos años antes de conocer a Emily.
—Entonces alguien sabía que ibas a usar mi apellido antes de que nos conociéramos.
Emily sintió un escalofrío.
—Eso no tiene sentido.
En la documentación aparecía una referencia.
Evelyn Reed Family Trust.
Michael se quedó inmóvil.
Evelyn era su madre.
Había muerto hacía ocho años.
—Mi madre dejó un fideicomiso.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque supuestamente se cerró después de su muerte.
Michael llamó a su abogado familiar.
Una hora más tarde recibió una respuesta que empeoró todo.
El fideicomiso seguía activo.
Y Emily aparecía como beneficiaria principal.
—¿Por qué tu madre me dejaría dinero si murió antes de conocernos?
Michael no supo responder.
La investigación reveló otra condición.
Emily no podía acceder a los fondos hasta que naciera su primer hijo biológico con Michael.
Si el embarazo terminaba antes del nacimiento, el dinero pasaría al beneficiario secundario.
Sophia Reed.
Emily cerró los ojos.
—Entonces ahí está el motivo.
—Sophia quería el dinero.
—Cuatro millones.
Michael caminó hacia la ventana del hospital.
—No sabía nada de esto.
Emily lo miró.
—Ya no sé qué creer de ti.
Él asintió lentamente.
—Lo entiendo.
Pero había una pieza que no encajaba.
Si Sophia conocía el fideicomiso, ¿por qué esperar tantos años?
¿Por qué no intentar separar a Michael y Emily antes del embarazo?
La respuesta apareció cuando el abogado envió una copia del testamento original.
Michael leyó una cláusula.
Después volvió a leerla.
—Emily.
—¿Qué?
—Mi madre escribió tu nombre.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Le mostró el documento.
—Tu nombre completo.
Emily Claire Lawson.
Su apellido de soltera.
El testamento tenía fecha de nueve años atrás.
Dos años antes de que Michael conociera a Emily.
Emily quedó sin palabras.
—¿Tu madre me conocía?
—¿Tú la conocías?
—Nunca.
Michael amplió la firma.
Evelyn Reed.
Auténtica.
Entonces Emily recordó algo.
—Espera.
Cuando tenía diecinueve años, había participado en un programa universitario de voluntariado para pacientes con cáncer.
Una mujer llamada Evelyn había estado entre las pacientes.
—No recuerdo su apellido.
Michael buscó una fotografía de su madre.
Emily palideció.
—Era ella.
Michael sintió que otra capa del pasado se abría.
—¿Qué relación tenían?
—Ninguna. Hablábamos. Le llevaba libros. A veces me pedía que me quedara.
Emily recordó una conversación.
Evelyn le había dicho algo extraño meses antes de morir.
“Algún día alguien de mi familia podría necesitar a una persona como tú.”
Emily había pensado que era una frase sentimental.
Ahora ya no.
El abogado siguió leyendo los anexos.
Había una carta privada destinada a Emily.
Pero no estaba en el archivo.
Había sido retirada tres meses antes.
Por Sophia.
Michael apretó los puños.
—Ella sabía todo.
Emily negó.
—No todo.
—¿Qué quieres decir?
—Si Sophia hubiera entendido realmente el fideicomiso, no habría intentado hacerme perder al bebé.
Michael frunció el ceño.
Emily señaló otra cláusula.
En caso de daño deliberado contra Emily por parte de cualquier beneficiario Reed, ese beneficiario quedaría desheredado de manera automática.
Sophia había perdido el dinero en cuanto la atacó.
Entonces ¿por qué hacerlo?
Michael leyó más.
Y encontró otra cláusula.
Si Sophia quedaba descalificada…
Todo el fideicomiso pasaría a Mason.
Michael levantó la cabeza.
—No buscaba quedarse con los cuatro millones.
Emily sintió un frío profundo.
—Quería que fueran para Mason.
Michael negó lentamente.
—No.
Su voz cambió.
—Sophia nunca ha querido a Mason.
Emily lo miró.
—Entonces alguien quería que nosotros pensáramos que sí.
En ese momento, Michael recibió una llamada.
Sophia.
Contestó.
—¿Dónde estás?
Sophia lloraba.
Esta vez parecía real.
—Michael, no fui yo quien planeó esto.
—Te vi patearla.
—Sí.
—Entonces no digas que no fuiste tú.
—Me obligaron.
—¿Quién?
Sophia respiró con dificultad.
—Mamá.
Michael quedó inmóvil.
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—Nuestra madre está muerta.
—Eso es lo que tú crees.