Chapter 10 - La mujer de los números

Judith Hale no apareció en su apartamento.
Tampoco en Carter Holdings.
Su automóvil seguía estacionado bajo el edificio corporativo.
El teléfono estaba apagado.
La policía revisó las cámaras de seguridad.
Judith había salido a las seis y catorce de la tarde acompañada por un hombre de gorra.
No parecía obligada.
Parecía seguirlo voluntariamente.
Lucas señaló al hombre.
—Arthur.
Daniel sintió rabia.
—¿Cómo puedes saberlo con esa imagen?
—Porque yo compré esa gorra para él.
La familiaridad de la frase irritó a Daniel.
Lucas conocía gestos, hábitos y pequeñas cosas sobre Arthur que Daniel jamás había conocido.
Su monstruo era, al mismo tiempo, el hombre que había criado a su hermano.
La policía rastreó el teléfono de Judith.
Última señal:
un antiguo edificio de archivos perteneciente a Carter Holdings.
Daniel quiso ir.
Los agentes intentaron detenerlo.
No lo consiguieron.
Lucas fue con él.
Durante el trayecto ninguno habló.
Finalmente Daniel preguntó:
—¿Lo querías?
Lucas miró por la ventana.
—¿A Arthur?
—Sí.
—Durante años.
Daniel no esperaba esa respuesta.
—¿Después descubriste lo que había hecho?
—Sí.
—¿Y dejaste de quererlo?
Lucas tardó.
—Ojalá funcionara así.
Aquella respuesta era demasiado humana.
Daniel la entendió más de lo que quería admitir.
Arthur también había sido su padre durante la infancia.
Un padre imperfecto, exigente, distante.
Pero su padre.
Hasta que descubrió que era su tío.
Después asesino.
Después falsificador.
Después un muerto vivo.
Las etiquetas cambiaban.
Los recuerdos no.
Encontraron a Judith en el sótano del archivo.
Estaba sola.
Sentada frente a una mesa llena de libros contables.
No parecía secuestrada.
—Daniel.
Él se quedó en la puerta.
—¿Claire?
Judith cerró los ojos.
—No me llamaban así desde que tenía siete años.
Daniel sintió algo extraño.
No era la emoción de encontrar una hermana.
Era la sensación de descubrir que toda su infancia había sido observada desde mucho más cerca de lo imaginable.
—¿Lo sabías?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde los dieciséis.
Lucas dio un paso.
—¿Arthur te lo dijo?
—Charles.
Daniel quedó inmóvil.
Su padre biológico había conocido a la hija que todos creían muerta.
Judith explicó que Charles había descubierto años después que Arthur había pagado a un médico para declarar muerta a Claire y entregarla secretamente a una familia.
Intentó recuperarla.
Arthur lo amenazó.
—¿Con qué?
—Con Daniel y Lucas.
Helen había tenido una relación con Charles mientras seguía legalmente vinculada a Arthur. Arthur podía destruirlos socialmente y disputar la custodia.
Pero aquello no explicaba por qué Charles nunca habló.
Judith abrió uno de los libros.
—Porque descubrió algo peor.
Samuel Warren no había manipulado los frenos del automóvil por voluntad propia.
Arthur lo obligó.
Eso ya lo sabían.
Pero Charles también descubrió por qué Arthur quería matarlo.
No era únicamente el 51 % de la compañía.
Charles había creado un fideicomiso separado.
Si algo le ocurría, las acciones pasarían a sus hijos biológicos.
Daniel.
Lucas.
Claire.
Arthur necesitaba controlar a los tres.
Por eso hizo desaparecer a Lucas.
Por eso escondió la identidad de Claire.
Y por eso permitió que Daniel creyera ser su hijo.
Tres herederos.
Tres jaulas distintas.
Daniel miró a Judith.
—¿Rachel descubrió esto contigo?
—Sí.
—¿Por qué no la protegiste?
La mujer bajó la mirada.
—Intenté hacerlo.
—Terminó muerta.
—Porque cometimos un error.
Lucas preguntó:
—¿Cuál?
Judith señaló un libro rojo.
—Encontramos la cuenta que Arthur llevaba décadas protegiendo.
Daniel abrió el volumen.
Esperaba dinero escondido.
Encontró pagos.
A hospitales.
Abogados.
Jueces.
Médicos.
Y uno que lo dejó inmóvil.
Vanessa Carter.
Un pago de dos millones de dólares realizado nueve días antes de la muerte de Rachel.
Daniel sintió una furia inmediata.
—Vanessa dijo que solo transfirió dinero hacia Elise.
Judith negó.
—Ese dinero no llegó a Elise.
—¿Entonces dónde está?
—Pregúntale a tu esposa.
Daniel regresó a casa con el libro.
Vanessa lo vio entrar.
Vio el registro.
Y dejó de fingir.
—Daniel…
—Dos millones.
—Puedo explicarlo.
—Hazlo.
Vanessa cerró los ojos.
—Rachel me los dio.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Rachel?
—Sí.
—¿Por qué?
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Vanessa miró hacia la habitación donde dormía Maisie.
—Para desaparecer con su hija.