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Chapter 1 - El grito de Noah

Daniel Carter supo que algo estaba mal antes de cerrar la puerta principal.

Escuchó un golpe seco.

Después, el llanto de Noah.

Su maletín cayó al suelo.

Entró en la sala y vio a su hijo de dieciocho meses tambaleándose junto a Maisie, con una mano pequeña sobre la cabeza y el rostro empapado en lágrimas. Vanessa sostenía todavía una percha de madera.

Noah no huyó.

Se colocó otra vez delante de Maisie.

Como si su cuerpo diminuto pudiera protegerla.

Daniel sintió que algo dentro de él se rompía.

—¡Vanessa!

Ella giró.

Durante una fracción de segundo, su expresión no fue culpa.

Fue irritación.

Daniel cruzó la sala, apartó a Vanessa de los niños y la hizo retroceder hasta que perdió el equilibrio y chocó contra la consola junto al pasillo. La lámpara cayó. Los marcos familiares se deslizaron al suelo y varios cristales se quebraron.

Daniel no volvió a tocarla.

Se agachó.

Noah se abrazó a su pierna.

—Papá… siempre lo hace.

Daniel dejó de respirar.

—¿Qué quieres decir con “siempre”?

Noah lloró sin poder explicarlo.

Maisie permanecía en silencio.

Pero miraba hacia algo.

El gran baúl de juguetes junto a la escalera.

Daniel siguió su mirada.

Vanessa también.

Y entonces cambió.

—No.

Daniel la observó.

—¿Qué hay ahí?

—Nada.

Maisie empezó a caminar hacia el baúl.

Vanessa reaccionó inmediatamente.

—¡Maisie, no!

Intentó adelantarse.

Daniel se interpuso.

—Ni un paso.

—Daniel, no entiendes.

—Entonces explícame.

Vanessa miró a los niños.

—No delante de ellos.

Maisie alcanzó el baúl.

Al intentar abrirlo, varios juguetes se desplazaron y cayeron alrededor.

Entre ellos apareció un viejo conejo de peluche.

Vanessa palideció.

Daniel reconoció el juguete.

No lo veía desde hacía casi un año.

Había pertenecido a Rachel.

Su hermana.

Rachel Carter había muerto once meses atrás después de caer por aquella misma escalera.

La policía había considerado el caso un accidente.

Daniel todavía recordaba la llamada.

Rachel había ido a visitarlos mientras él estaba trabajando.

Vanessa dijo que ella había tropezado.

No había testigos adultos.

O eso habían creído.

Maisie tomó el conejo.

Debajo apareció un pequeño paquete envuelto en papel.

—Déjalo —dijo Vanessa.

Su voz tembló.

Maisie desenvolvió lentamente el papel.

Algo rojo cayó en su mano.

Un fragmento de cristal.

Profundo.

Oscuro.

Daniel sintió un escalofrío.

Conocía aquel color.

Rachel coleccionaba perfumes antiguos.

Su favorito estaba dentro de una botella de cristal rojo fabricada en Francia.

La botella nunca había aparecido después de su muerte.

Daniel tomó cuidadosamente el fragmento.

—¿De dónde salió esto?

Maisie señaló hacia la escalera.

—Mamá lo tenía cuando cayó.

Daniel frunció el ceño.

—¿Quién cayó?

Maisie señaló arriba.

Rachel.

Daniel sintió que el aire abandonaba la habitación.

Noah volvió a sujetar su pantalón.

Miró la escalera.

Después miró a Vanessa.

—Mamá gritó: “Vanessa”.

Silencio.

Daniel giró lentamente.

Vanessa retrocedió.

—Son niños.

—Estuvieron aquí aquella noche.

—Eran bebés.

—Y aun así recuerdan algo.

—No saben lo que dicen.

Daniel cerró la mano alrededor del fragmento.

—Entonces dime tú lo que ocurrió.

Vanessa no contestó.

Y por primera vez desde la muerte de Rachel…

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Daniel dejó de preguntarse cómo había caído su hermana.

Empezó a preguntarse quién estaba con ella cuando ocurrió.

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